En Morena, la discusión sobre la unidad dejó de ser abstracta. Fabiola Alanís, Gaby Molina, Gladyz Butanda y otros liderazgos que participaron en el mismo proceso aceptaron el resultado, reconocieron a Carlos Torres Piña como coordinador estatal y comenzaron a trabajar en una nueva etapa política. Raúl Morón, en cambio, pasó de admitir que Torres Piña había ganado “a la buena” a mantener cuestionamientos sobre el proceso y sobre la conducción que lo validó.
La diferencia no está en tener o no inconformidades. La disciplina partidista no exige silencio ni obediencia ciega, pero sí supone aceptar las reglas compartidas y las decisiones institucionales, sobre todo cuando el resultado no es el esperado. Eso es justamente lo que han hecho los demás aspirantes: competir, perder, reconocer y después sumar.
Torres Piña, como ganador del proceso y coordinador, ha mantenido una posición distinta a la confrontación. Ha llamado a la unidad, ha sostenido reuniones con distintos grupos y mantiene abierto el diálogo con Morón y su equipo. Por eso el contraste político resulta cada vez más claro: mientras unos ya pasaron de la competencia a la construcción conjunta, el bloque moronista sigue atrapado en una discusión sobre un proceso que para Morena ya concluyó.








